A orillas de la verdad
8 de octubre de 2026 · Editorial Tucó
La leyenda que convierte unas vacaciones en una búsqueda.
Dejo testimonio de lo que estoy viviendo, de lo que está sucediendo acá. Desconozco si estas palabras podrán llegar a alguien que logre frenar esta locura. Al menos, si muero, lo haré en el intento de que esta verdad se conozca de una vez por todas.
Sé que mi prontuario no me convierte en una voz confiable. Pero es necesario que alguien investigue qué está sucediendo en Bariloche. Sobre todo, en el lago Nahuel Huapi.
Para que entiendan mi situación, necesito contarles lo que viví durante estos últimos tres meses.
Todo empezó en agosto. Vinimos de vacaciones de invierno con mi familia para cumplir el sueño de conocer la nieve.
Unos días antes de tomar el avión, mientras cenábamos, pusimos videos de YouTube sobre la ciudad. Vimos excursiones, paseos y monumentos históricos, hasta que encontramos uno que nos atrapó a los cuatro.
«La leyenda del Nahuelito».
Trece minutos y treinta segundos de puro placer audiovisual para nosotros, amantes de lo paranormal y lo esotérico.
El Nahuelito era, supuestamente, un ser antiguo, casi mitológico, parecido a un dinosaurio que habitaba el lago. Un animal que debería estar extinto, pero que, cada tanto, alguien aseguraba haber visto.
Esa noche vimos y leímos todo lo que pudimos encontrar. Habíamos empezado buscando una leyenda del lugar al que íbamos a viajar y terminamos sintiéndonos expertos en algo que, para nosotros, ya era sumamente real.
Cuando llegamos al aeropuerto de Bariloche, había una cosa clara: la nieve había pasado a segundo plano.
Debíamos ir a las orillas del lago. Aunque fuera para darle realidad, al menos en nuestra mente, a todo lo que habíamos visto a través de las pantallas.
Un remisero de la ciudad nos llevó hasta el alojamiento. Durante el viaje quiso recomendarnos lugares para comer y los paseos típicos que suelen hacer los turistas, pero nuestras preguntas iban en otra dirección.
Queríamos saber del Nahuelito. Y, sobre todo, si él podía aportar algo a nuestra investigación.
Al principio se rio. Nos contó una versión breve de la leyenda, como quien repite un discurso aprendido de memoria. Pero, cuando empezamos a repreguntar, lo notamos nervioso.
Nos miramos entre los cuatro.
El hombre dejó de hablar.
Decidimos no insistir.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Al llegar, bajamos nuestras cosas y nos despedimos. Entonces dijo algo que nos llamó la atención:
—Adiós, hasta pronto. ¡Seguramente nos volvamos a ver!
El tono fue amable. La expresión de su cara, en cambio, tenía algo extraño que no supe interpretar.
Pero, en fin, habíamos llegado.
El hospedaje era un departamento antiguo, bastante corriente a primera vista. Sin embargo, tenía detalles llamativos: muebles que parecían sacados de una iglesia, un pasillo largo, muchas puertas y adornos a los que costaba encontrarles sentido.
Había cuadros sucios, con figuras difíciles de distinguir. Cruces e imágenes de Jesús por toda la casa. Y, sobre todo, ramos de olivo.
El lugar pertenecía a un anciano de unos ochenta años llamado Marlos. Era periodista y escritor, nacido allí.
Apenas entré, descubrí una biblioteca llena de libros. Todos estaban escritos por él.
La alegría me invadió, pero no dije nada.
Primero, porque con la incomodidad y el silencio del remisero habíamos tenido bastante por un día. Segundo, porque quería ver si alguno de los otros tres «investigadores» lograba descubrirlo por sus propios medios.
Marlos nos dio la bienvenida y nos explicó lo necesario para instalarnos. Cuando terminó, lo acompañé hasta la salida.
Cerré la puerta y me di vuelta.
Los tres estaban frente a la biblioteca.
También Pilar, que todavía no sabía leer, pero disfrutaba mirando las imágenes y señalando las letras.
—¿Qué letra es esta? —preguntaba.