¿Y si sí?
8 de octubre de 2026 · Editorial Tucó
Un lugar en la vitrina
Treinta y cuatro años. Recién ahí, dicen, se termina de entender un deporte.
Yo lo entendí mucho antes. Lo que nunca entendí es por qué, cada vez que importaba de verdad, el cuerpo se me llenaba de plomo.
Me acuerdo de todas. Los octavos de 2015, cuando iba ganando y me guardé: jugué para no perder en vez de jugar para ganar, y terminé perdiendo igual. La semifinal de 2019, cuando estuve dos arriba y terminé dos abajo sobre el final. El cuarto puesto de 2022, que todavía me duele más que cualquier derrota en primera ronda, porque estuve ahí, tan cerca, y me diluí.
Siempre fue así. Los partidos fáciles los gano sin pensar. Ahí no hay miedo, porque siento que no hay nada que perder. El problema empieza cuando hay algo en juego. Ahí aparece el otro Ale: el que calcula en vez de jugar, el que escucha cada latido como si fuera una cuenta regresiva.
Pero hoy es distinto.
Lo sé desde que me desperté. No sé explicarlo mejor: hoy no tengo miedo. Y un tipo como yo, sin miedo, es peligroso.
Es la final. Después de casi veinte años jugando esto, después de todos los «casi», hoy voy a ser campeón. Lo digo así, sin condicional, porque hoy lo siento distinto.
Hoy el cuerpo no pesa.
El partido arranca parejo. En el primer tiempo tengo una jugada en la que antes me hubiera guardado. Hubiera jugado seguro, hubiera esperado a que pasara el peligro. Hoy no. Piso el área, encaro, la toco justo.
No entra, pero da igual: la sensación es otra. Es la sensación de alguien que juega para ganar.
En el segundo tiempo recupero una pelota que no me correspondía, en un lugar donde antes ni hubiera ido a buscar. Se la doy a un compañero. Tira al arco. Ataja el arquero.
Escucho aplausos y sigo.
El partido se pone difícil, como se ponen difíciles las finales. Pero yo hoy soy un tipo de finales. Pasa el tiempo y el marcador no se mueve. Cero a cero.
Sigo ahí, entero, corriendo cada pelota como si todavía tuviera veinte años y no treinta y cuatro. Y en el fondo, muy en el fondo, empiezo a permitirme creerlo: hoy es el día.
Faltan minutos para que esto termine y vayamos a penales. Y entonces me queda la pelota.
Abajo del arco.
Sola.
El arquero está caído, del lado equivocado. No hay nadie que me pueda tapar. Es la jugada que soñé desde que tengo memoria, la que ensayé mil veces en la cabeza antes de dormirme. La que ya casi no hacía falta patear, porque estaba convencido de que iba a entrar sola, como si el destino me debiera una.
¿La piso? ¿La toco?
Le doy de primera.
El tiempo se estira de una forma que no tiene nombre. Veo el arco vacío y, por un instante, ya veo la pelota adentro. Veo mi cuerpo festejando, veo el trofeo, veo mi nombre en algún lado, por primera vez del lado ganador.
Pero el pie pasa de largo.
Y la pelota, contra toda ley física, se me escapa entre las piernas.
Casi la toco.
Por poco.
Por nada.
Por nada.
Me quedo parado un segundo, como si el cuerpo todavía no le hubiera avisado a la cabeza. Doy unos pasos hacia atrás. Después me desplomo. Ahí, en el medio de la cancha, con la final todavía sin terminar, con los penales esperando, me caigo al piso como si algo adentro se hubiera cortado.
Y ahí, tirado, pienso lo de siempre. Que esto no es para mí. Que a mí me queda bien perder. Que lo mío es acercarme, no llegar. Que en algún lugar, hace mucho, alguien decidió que yo era de los que casi, y no hay entrenamiento que cambie eso.
Pero respiro.
Y en ese respirar hay algo distinto a todas las otras veces. No es esperanza. Es otra cosa.
Es dejar de pelear.
Me levanto.
Ya no sufro. No sé bien cuándo dejé de sufrir, pero en algún momento, entre el piso y estar de pie, pasó. Acepto lo que viene. Acepto lo que soy, quizás por primera vez sin que me pese como una condena.
* * *
Llego a casa tarde, esa misma noche.
En la vitrina de los trofeos, al lado del cuarto puesto de 2022 —ese que durante cinco años miré con bronca cada vez que pasaba cerca—, pongo el segundo puesto de 2027.
Lo acomodo bien, con cuidado, y apago la luz.